viernes, 10 de agosto de 2012

Sosteniendo Todo en el cielo


Sosteniendo todo en el cielo (PRIMERA PARTE)
Ella corre…
Él llora…
Porque hacia donde ella se dirige, él nunca la podría seguirla, nunca podría encontrarla.
Porque el mundo no fue un lugar hecho para ella, ese no era su lugar. Ella pertenecía a un mundo de dimensiones casi celestiales, era un ángel, de corta vida, frágil como los desconocidos cristales que emanaban de sus ojos cuando pensaba en ella, tan frágil como su alma misma.                     Tan pronto como la recordaba, lloraba. Aquel universo que en algún momento añoraba conquistar junto a ella, hoy lo aplastaba, lo asfixiaba.  Su mundo caía en pedazos, su ángel se había ido. Y él se había convertido en la misma tristeza, escribiendo cartas para ella, transcribiendo letras que le hubiese gustado que ella leyera, palabra por palabra, vocal por vocal, como si de la melodía más dulce fuera. Su inspiración llegaba solo cuando pensaba en su amada, aquella mujer que hoy con él ya no estaba, quien con su presencia le daba la vida y con su ausencia, lo empujaba trágicamente a una vida que de esta nada tenía, donde su existencia se convertía en un círculo vacío donde respiraba más no vivía, donde cada respiración pareciese la última. La amaba, la extrañaba.
Pero ella seguía con él.
Ella se había ido, de este mundo quizá, pero sufría con él. Estaba muerta, pero su alma seguía con él. Ella murió pero nunca pudo convertirse en un ángel como el creía, su alma, su ser, añoraba la sonrisa de quién tanto tiempo la hizo feliz, de quién por tanto tiempo amó. “Sólo quiero ver tu última sonrisa” pensó para si misma el día que se fue, cuando su mirada se extinguió y su aliento se detuvo. Pero no la obtuvo, en medio de lágrimas el la perdió y ella se quedó sin cumplir aquel último deseo, su alma estaba condenada, ella misma lo quiso así. Si ella ya no vivía y él no podía dejarla ir, no tenía ningún interés en sonreír, no habían sentimientos encontrados, todo rastro de felicidad ahora era como una flor marchita.
Ella no quería irse, era un espíritu aferrado al mundo, triste, solitario. Estaba con él pero no junto a él. Su muerte fue penosa, lenta, una larga agonía que pudo soportar porque el existía, porque él sonreía.  Peleaban, cantaban, bailaban, amaban, incluso cuando ella dejó de tener el rosado de sus mejillas, cuando sus ojos perdieron aquel hipnotizante encanto saludable, cuando dejó de verse sana y su cuerpo rara vez le permitía seguir de pie y perdía la conciencia, él sonreía.
Porque a ella le gustaba, amaba su sonrisa.
Porque cuando él sonreía, ella se sentía fuerte. El mundo le seguía pareciendo bello y su vida, por más corta que fuera, le parecía preciosa.
Pero el tiempo pasó y finalmente murió.
Su cuerpo dejó de existir pero ella seguía aquí, él no lo notaba, su vida seguía de largo. La extrañaba, pero era un ser vivientes y aquellos que siguen vivos no pueden ver a los que dejaron de estarlo.
¿Cómo podría él verla?, ¿Los cielos le permitirían tener un deseo?.  

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