Sosteniendo todo en el
cielo (PRIMERA PARTE)
Ella corre…
Él llora…
Porque hacia
donde ella se dirige, él nunca la podría seguirla, nunca podría encontrarla.
Porque el mundo
no fue un lugar hecho para ella, ese no era su lugar. Ella pertenecía a un
mundo de dimensiones casi celestiales, era un ángel, de corta vida, frágil como
los desconocidos cristales que emanaban de sus ojos cuando pensaba en ella, tan
frágil como su alma misma. Tan pronto como la recordaba, lloraba.
Aquel universo que en algún momento añoraba conquistar junto a ella, hoy lo
aplastaba, lo asfixiaba. Su mundo caía
en pedazos, su ángel se había ido. Y él se había convertido en la misma
tristeza, escribiendo cartas para ella, transcribiendo letras que le hubiese
gustado que ella leyera, palabra por palabra, vocal por vocal, como si de la
melodía más dulce fuera. Su inspiración llegaba solo cuando pensaba en su
amada, aquella mujer que hoy con él ya no estaba, quien con su presencia le
daba la vida y con su ausencia, lo empujaba trágicamente a una vida que de esta
nada tenía, donde su existencia se convertía en un círculo vacío donde
respiraba más no vivía, donde cada respiración pareciese la última. La amaba,
la extrañaba.
Pero ella seguía
con él.
Ella se había
ido, de este mundo quizá, pero sufría con él. Estaba muerta, pero su alma
seguía con él. Ella murió pero nunca pudo convertirse en un ángel como el
creía, su alma, su ser, añoraba la sonrisa de quién tanto tiempo la hizo feliz,
de quién por tanto tiempo amó. “Sólo quiero ver tu última sonrisa” pensó para
si misma el día que se fue, cuando su mirada se extinguió y su aliento se
detuvo. Pero no la obtuvo, en medio de lágrimas el la perdió y ella se quedó
sin cumplir aquel último deseo, su alma estaba condenada, ella misma lo quiso así.
Si ella ya no vivía y él no podía dejarla ir, no tenía ningún interés en
sonreír, no habían sentimientos encontrados, todo rastro de felicidad ahora era
como una flor marchita.
Ella no quería
irse, era un espíritu aferrado al mundo, triste, solitario. Estaba con él pero
no junto a él. Su muerte fue penosa, lenta, una larga agonía que pudo soportar
porque el existía, porque él sonreía.
Peleaban, cantaban, bailaban, amaban, incluso cuando ella dejó de tener
el rosado de sus mejillas, cuando sus ojos perdieron aquel hipnotizante encanto
saludable, cuando dejó de verse sana y su cuerpo rara vez le permitía seguir de
pie y perdía la conciencia, él sonreía.
Porque a ella le
gustaba, amaba su sonrisa.
Porque cuando él
sonreía, ella se sentía fuerte. El mundo le seguía pareciendo bello y su vida,
por más corta que fuera, le parecía preciosa.
Pero el tiempo
pasó y finalmente murió.
Su cuerpo dejó de
existir pero ella seguía aquí, él no lo notaba, su vida seguía de largo. La
extrañaba, pero era un ser vivientes y aquellos que siguen vivos no pueden ver
a los que dejaron de estarlo.
¿Cómo podría él
verla?, ¿Los cielos le permitirían tener un deseo?.
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